El miedo forma parte del desarrollo. No es algo que haya que quitar ni evitar, porque en realidad cumple una función muy importante: protegernos. El problema aparece cuando ese miedo crece más de la cuenta y empieza a condicionar lo que los niños hacen o dejan de hacer en su día a día.
A muchos padres les suena: no querer dormir solos, miedo a la oscuridad, a separarse, a ruidos, a situaciones nuevas… En ese momento, lo habitual es intentar tranquilizar rápido o quitar importancia, pero hay algo más útil que podemos hacer: ayudarles a entender qué tipo de miedo están sintiendo.
No todos los miedos son iguales, y esta es una idea clave que los niños pueden empezar a aprender desde pequeños. Por un lado, está el miedo que protege, el que aparece cuando hay un peligro real y nos ayuda a reaccionar. Por otro, está el miedo que exagera, ese que hace que la mente imagine riesgos que en realidad no están ahí o los agrande más de lo que son.
Cuando un niño aprende a diferenciar entre estos dos tipos de miedo, empieza a ganar algo muy valioso: capacidad para pensar sobre lo que siente, en lugar de dejarse llevar automáticamente. Y esto, a largo plazo, marca una gran diferencia en cómo maneja la ansiedad.
El material que ves en la imagen va justo en esa línea. A través de un juego sencillo, el niño tiene que observar una situación, pensar qué le genera y decidir si ese miedo le está protegiendo o si su cabeza lo está exagerando. No se trata de acertar siempre, sino de pararse a reflexionar. Ese momento de pausa ya es aprendizaje.
Detrás de algo tan simple, en realidad estamos trabajando habilidades importantes: aprender a cuestionar pensamientos, tolerar la duda, poner palabras a lo que sienten y empezar a regularse. Y todo esto sin necesidad de hacerlo complejo ni de convertirlo en una “clase”.
Es importante tener en cuenta que el objetivo no es que el niño deje de tener miedo. Eso no solo es irreal, sino que tampoco sería deseable. El objetivo es que poco a poco entienda que no todo lo que siente implica un peligro real, y que puede manejarlo.
En casa o en consulta, este tipo de recursos funcionan mejor en momentos tranquilos, no cuando el miedo está en su punto más alto. Primero se valida (“entiendo que te dé miedo”), y después se acompaña a pensar. A veces basta con hacer preguntas sencillas: “¿esto puede hacerte daño de verdad?”, “¿ha pasado alguna vez?”, “¿qué crees que podría ocurrir realmente?”.
Son pequeños pasos, pero muy potentes. Porque un niño que aprende a distinguir entre un miedo real y uno exagerado no deja de sentir miedo, pero empieza a no quedarse atrapado en él. Y eso, poco a poco, le da seguridad.
